Artículos Doctrinales: Generalidades

La sociedad y el mercado como fuentes de violencia


De: José Francisco Escudero Moratalla
Fecha: Diciembre 1999

"Somos un niño que pide una estrella"
(Francisco Escudero).

En materia de violencia, si hay un punto en el que la doctrina y la mayoría de los autores coinciden es en la naturaleza "didáctica", en el factor de aprendizaje de los fenómenos violentos. Sin duda alguna, "la violencia se aprende", y el grado de intensidad de la misma depende en gran parte del proceso instructivo de esa violencia, en el cual intervienen de modo oscuro y subliminal la propia sociedad, sus medios de comunicación, y el mercado como instrumento y herramienta de desenvolvimiento y materialización de la propia vida social.

Evidentemente en la actualidad, nos encontramos en una época en la que el conocimiento ha superado a la sabiduría. Ya no importa tanto tener una concepción clara sobre nuestra dimensión y ubicación dentro del teatro vital, sino dominar el mayor número de datos posibles acerca de nuestro entorno; de conseguir la mayor cantidad de elementos, que nos permitan imponer nuestra superioridad sobre las demás. No importa que la verdad no sea conocer gran número de cosas, sino reflexionar y asimilar las mismas. Lo importante es saber, conocer: hoy el ignorante no es que no sabe sino el que está desinformado. Por ello, los métodos de acceder a la información y al conocimiento adquieren gran importancia para explicar la teoría del poder dentro de la sociedad. De esta forma, a modo introductorio, hay una primer principio intelectual: la propia sociedad, a través de sus mecanismos, es generadora de la mayor parte de la violencia que nos rodea.

Y es que la "historia" se repite, los hombres, nacen, viven, sienten, y mueren, unos tras otros. El hombre no puede controlar su propia historia y mucho menos la historia actual, verdadero precipitado de fenómenos y acontecimientos sociales difíciles de analizar desde cualquier perspectiva. Y estos hechos que giran en la eterna noria de la vida, van conformando cangilones plenos de acontecimientos materiales que generan estructuras, en las que los seres humanos se ven inmersos, atrapados, agazapados en las celdas que les toca vivir, preguntando y preguntándose donde están y porqué se produce ese movimiento continuo, cual es su fuerza, y el espíritu que le da su sinrazón.

Por otra parte, como decía Baltasar Gracián "dádivas quebrantan peñas" o en otro modo que el hombre necesita de bienes u objetos sobre los que proyectarse o apropiarse para actuar y ser feliz (o al menos ese es el mensaje transmitido por los medios de comunicación), y esta actuación es la que da lugar a una serie de intercambios que en un normal devenir generan lo que vulgarmente conocemos como "mercado", el cual, no sabemos si se rige por un criterio de actuación técnico o moral, si son los sentimientos los que determinan los actos, o si por el contrario, hay unos criterios rígidos y preseñalados que van a determinar su configuración.

Así, ... la elección, la búsqueda, el interés, el beneficio, el egoísmo de cada uno... ¿depende de la técnica o de la moral?... En el mercado en el que se desarrollan todas estas actuaciones... ¿imperan más los principios o los hechos?... La existencia del mercado... ¿obedece a una inspiración racional o es fruto espontaneo de la respuesta a unas necesidades predeterminadas?... No hay una respuesta determinante, únicamente la posibilidad de configurar al mercado como el único modo de organización económica posible o necesaria, en tanto que su eficiencia y eficacia posibilita las soluciones buscadas por los miembros de una comunidad indeterminada.

Y habríamos de plantearnos si estas soluciones provocadas por el mercado obedecen a una neutralidad o están predeterminadas por una tendencia o modo de comprensión de la estructura que es el mercado. Sobre ello, se pueden formular diversas teorías para capturar el sentido cognoscitivo de las diversas nociones que confluyen en el mismo. No es igual el mercado capitalista, que el mercado socialista, o el mercado ecológico. Las coordenadas de actuación no son las mismas, y por ello la primera cuestión a solventar es si el mercado es moral, necesario y positivo, lo cual nos provoca serias dudas al no coincidir la plasmación teórica del mismo con su proyección sobre el mundo real y la idea de "aldea global" sobre la que se debe de aplicar. Somos una "nave" de diez mil millones de personas, embarcados en un viaje a lo largo del tiempo...

De este modo, si en principio teóricamente el mercado en virtud de su dinámica interna soluciona los problemas inherentes a una determinada sociedad, guarneciéndose además en una serie de valores o principios morales, al proyectarse sobre la realidad ello no es así. No es lo mismo un objetivo que una obra. En este sentido, observamos que el mercado determina nuestra vida, la cual está regulada por pequeñas elecciones y omisiones en donde se comprometen importante principios. Y aún más, ni siquiera en nuestra vida somos coherentes moralmente, sino que seguimos distintos criterios éticos, según la situación y el momento. Así, la moral no es ingrediente necesario para la conformación de un determinado mercado.

Sin perjuicio de ello, no hay que dejar de reconocer que el mercado es el único escenario social en donde se pueden realizar valores esenciales humanos, en los que el intercambio permita la posibilidad de disponer libremente de nuestros bienes, que elegidos o no preferentemente respecto a otros, confirman regímenes políticos de todo tipo. Y de esta circunstancias son conscientes los grupos de dominio y de poder que rigen la sociedad, y se aprovechan del mercado y de la estructura de la propia sociedad para seguir manteniendo sui hegemonia y fomentar mediante la desigualdad la violencia en el seno de las sociedades.

Pero ni las preferencias, ni los intercambios son instituciones únicas y circunstanciales al mercado, sino que están presentes en la fundamentación de cualquier hecho cotidiano. Por ello, la posibilidad de conceder valor a los principios deontológicos carece de arraigo: el mercado existe porque sí, y ni es moral ni amoral, es únicamente mercado. Por otra parte tampoco los principios consecuencialistas gozan de favor o aceptación. El mercado no garantiza unos buenos resultados, sino que provoca a través de la producción de elementos y distribución de los mismos, una serie de distorsiones difíciles de asimilar por el mundo presente y por las generaciones futuras.

Y asimismo, es una utopía querer fundamentar nuestra libertad en el abanico de elecciones que nos proporciona el mercado. Es más, el mercado no es sino fiel reflejo de los sujetos que a él acuden. Hay un fenómeno de osmosis entre el hombre y el mercado en virtud del cual uno necesita del otro para su existencia y el mercado no hace sino reflejar la variopinta silueta del ser que a él acude. Ello es claro si observamos los mercados en los diferentes tipos de sociedades, y como de esta unión en principio positiva entre hombre y mercado cada vez surgen más incongruencias y un tono destructivo del entorno que puede propiciar la desaparición de ambos. No es tanto propiciar un cambio de orientación del mercado, sino de provocar una resolución espiritual del nombre: se ha de adquirir conciencia primero de la necesidad de adoptar otra visión más armónica de nuestro papel en el universo.

Sin emabrgo, hasta ahora en la sociedad plasmada en los últimos cincuenta años en los que el desarrollo técnico ha permitido una proyección económica y social impensables en épocas anteriores, se ha permitido la utilización de términos como el de Estado del bienestar, el Estado Social, el Estado Democrático y de Derecho, que amparados en este jubileo social y en esta bonanza material, ha permitido la creación de determinadas "ideologías a la carta" como diría Likoweski, es decir se ha podido ofrecer unas líneas de pensamiento y unos mercados en función de las expectativas de cada sujeto de modo que lo que en un principio debía ser accesorio se ha convertido en necesario. Desde "las altas esferas" se ha difundido la idea de que para el hombre todo es posible, todo lo puede encontrar, en el mercado, cualquier cosa se puede comprar y vender. La teoría de la mano invisible liberal proclamada a los cuatro vientos empieza a hacer aguas, el sujeto independiente es nocivo, ya no es posibles aceptar aquella frase de Rousseau cuando afirmaba que "el hombre era bueno, los hombres son malos"; ya no es posible hablar del hombre como unidad, ahora es únicamente el término "los hombres" el que debe ser objeto de análisis. Por ello, si su intervención se hace de manera correcta, el Estado puede y debe desempeñar un papel prioritario dentro de la sociedad, garantizando que no interviniendo, un mercado determinado que responda a unas expectativas justas y que garantice un futuro humano y halagüeño para todos. El Estado no debe ser un fenómeno de fuerza, sino protagonista y lazo de solidaridad social. Su fin es expresar e identificar dicha solidaridad. Su función no es dominar a los hombres, sino suscitar los medios que requiera su interdependencia. En el Estado moderno, los gobernantes ya no encarnan una hipotética soberanía, sino que limitan su papel a gestores de intereses de la colectividad. El Estado será entonces un conjunto de servicios públicos, es decir de actividades cuya prestación se deba asegurar, regular y controlar por los poderes públicos.

La bondad de este mercado, se funda en la hipotética capacidad para satisfacer las necesidades con relativos bajos costos de producción e información; necesidades provocadas por las preferencias, que aunque puedan ser diferentes, normalmente serán mayoritarias y que en distintos momentos pueden ser tergiversadas por quien emite u ofrece la información, de modo que una vez publicada, la máquina social funciona sin que nadie asuma, la por otra parte imposible tarea de recoger la información de las actividades sociales, de modo que con frecuencia la mercancía es menos importante que la información. Así, existe la creencia de que dada una distribución inicial de riqueza, si se dan determinadas circunstancias, nos encontraremos ante una situación óptima para todos los sujetos pertenecientes a una determinada estructura social. Todos seremos iguales. Cuando ello no es así, puesto que aún en la abundancia debe haber desigualdad, desigualdad y desequilibrio que es fundamentado por el mercado diciendo que la pobreza se justifica por unos beneficios futuros que justifican esa desigualdad, y que permitan una futura compensación, lo cual determinará una explotación intergeneracional.

Como complemento a esa necesariedad, también se ha calificado el carácter positivo del mercado, ya que garantiza la libertad del sujeto, puesto que los intercambios son justos al resultar de acuerdos libres entre individuos determinados. El intercambio, teniendo en cuenta que las preferencias mutan con el cambio de escenario y que los intercambios desembocan inevitablemente en una situación diferente a la que existía antes, porque de otro modo no se producirían: nadie intercambia para quedarse como está. Pero este sistema en expansión pregonado por el mercado acaba inevitablemente por entrar en crisis en el momento en que se agota alguno de sus recursos y es en este momento en donde las instituciones sociales o económicas realizan sus valores propios de organización de una vida compartida, determinando el vivir y la decisión sobre el futuro vivir surge aquí el mercado político, la democracia, en la que al reto de la gestión tienen prioridad absoluta sobre cualquier otra consideración, y en este sentido mostrar que determinadas reglas sociales o modelos de comportamiento tienen consecuencias indeseables no beneficia a aquellos que se encuentran encumbrados en el poder. El poder es una trampa, lo que creemos poseer, nos posee, no tenemos nosotros poder, es el poder el que nos tiene a nosotros y no nos deja escapar de sus redes.

De esta forma, el sistema político, en caso de crisis ecológica que es la actual, no proporciona un tipo de información que resulta poco favorable al activismo a la participación social. Por ello, la única salida es la carrera hacia adelante, se produce el efecto "bola nieve", cuanto más se avanza, más grande se hace, más difícil es encontrar la solución.

Por ello, se impone un cambio de timón ideológico. Producir, distribuir lo producido, reconocer la desigualdad, que no todos pueden tenerlo todo, decidir qué, para quién y como son asuntos que cualquier proyecto social debe abordar. No hay recursos, se ha producido una crisis del mundo social que lo hace inviable a largo plazo como sistema de vida que se abastecía de infinitos recursos. Hay que tomar conciencia de una sociedad humana con infinitos deseos que no se pueden satisfacer ha de estar oprimida; no es posible satisfacer cualquier deseo de libertad, ya que nos enfrentaríamos a la igualdad y por ello las restricciones ideológicas, derivan en un necesario replanteamiento de la idea de libertad, teniendo en consideración que toda sociedad necesita llevar a cabo actividades económicas para las que hay que conformar una serie de reglas que determinan el mercado. Pero estas reglas que formaran parte de la política, ya que es necesaria una intervención del Estado, del poder, impondrán necesariamente una política austera que exija aceptar hoy sacrificios en nombre de unos beneficios futuros tiene pocas posibilidades de cuajar en programa político y ninguna de llegar al gobierno. El sistema establecido propicia el despilfarro del patrimonio y el traslado de la deuda a otros, a los por nacer, que no puedan quejarse.

Mientras el corto plazo, y la base nacional, son los que mandan en el juego electoral, la organización de una vida digna para la especie humana exige atender al largo plazo y al conjunto del planeta, por ello ni el mercado económico, ni el mercado político, son buenos marcos institucionales para la resolución de una vida ordenadamente justa, sino que además tienen dinámicas que nos alejan de esta meta.

Para agravar aún mas esta tesitura, las democracias socialistas y comunistas han contagiado la ilusión de que todo lo que se quiere se puede. Como dicen los buenos manchegos "el piojo enharinado, se cree molinero". Se han alimentado programas políticos con esperanzas imposibles, que no tienen otro fundamento que la voluntad, las izquierdas se han acostumbrado a disolver en el futuro problemas para los que no se adivina solución hoy.

Los consumidores políticos actuaremos con pueril irracionalidad, como niños que reclamamos sin pensar, y los productores (los políticos), están dispuestos a prometer lo que haga falta. No es extraño que las previsiones acerca de los peligros por llegar vinieran antes predicadas por científicos sociales o naturales que por quienes parecían dedicarse profesional o vocacionalmente al futuro de todos. No es un problema de información, sino de un tipo de escenario que prohibe y penaliza lo desagradable, y filtra la percepción de los datos que no se quieren reconocer. Las izquierdas han cultivado "la ilusión de la solución", lo que ha provocado la confusión de la realidad con el sueño.

La complejidad del proceso del que estamos siendo testigos hace difícil tener opiniones fundamentadas. La cultura de los medios de formación de opinión con demasiada frecuencia alimenta a los políticos y a todos a opinar y prometer sin pensar. La razón nos engaña, la conciencia jamás... Creo que todos tenemos conciencia de que éste, no es un mundo feliz... No basta más que encender el aparato de televisión... El mercado y la sociedad con su ideología, siembran la violencia, y la reparten a cucharadas sobre todo entre los más pequeños: los niños.


José Francisco Escudero Moratalla es Secretario Judicial.



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