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28/02/2020 12:07:29 CONCURSAL 3 minutos

Insolvencia: el poder de una palabra

La insolvencia sólo es un peón más sobre el tablero de ajedrez. Si el jaque sirve para salvar la partida o para matar al rey es una decisión que habremos de tomar. El poder de una palabra, sí, depende de nosotros. 

Álvaro Perea González

Letrado de la Administración de Justicia

Nos enseñaba Wittgenstein que las imágenes tradicionales que representan mentalmente el significado de una palabra conllevaban, muchas veces, una labor destructiva para con el sistema de relaciones lenguaje-pensamiento que se establecen a partir de la gramática. En realidad, no dirá el autor austríaco, «lo que sea un peón viene determinado sólo por las reglas del ajedrez». Así es, tan intrascendente de algo son sus aspectos «accesorios» como trascedente es determinar qué es lo que significa propiamente, por esencia o función, ese algo. ¿Juego de palabras? ¿Tahurismo semántico? Ni lo uno, ni lo otro; las cosas son lo que realmente asociamos a ellas y, por desgracia, todavía no coligamos correctamente la realidad de la insolvencia con su significación jurídico-económica.

¿Qué es la insolvencia? Sin duda, muchas y variadas son las definiciones que podríamos ofrecer del sustantivo, sin embargo, y en lo que aquí interesa, insolvencia es, ni más ni menos, que el estado en el que se encuentra el deudor que no puede cumplir regularmente sus obligaciones exigibles (artículo 2.2 de la Ley Concursal) ¿Esto es «bueno» o «malo»? No es tan simple…La insolvencia es únicamente un presupuesto objetivo a partir del cual se desencadena un procedimiento —el concursal— cuyo propósito no es atestiguar o certificar la hecatombe financiera del insolvente sino, al contrario, permitir su viabilidad económica y en su caso habilitar un mecanismo ordenado para la satisfacción de los acreedores concurrentes.

La insolvencia, en puridad y a efectos estrictamente jurídicos, sólo es una premisa ontológica que da lugar a que se abran múltiples opciones procesales y distintos recorridos en cuanto a la viabilidad del concursado. Y si es así, si detrás de ese nombre sólo se esconde una llave que abre varias puertas ¿Por qué «insolvencia» sigue siendo un término objeto de dudas, susurros o rechazos? Quizás sea aventurado delimitar la causa pero, muy probablemente, gran parte de la responsabilidad se encuentra en la representación imaginada que cualquier lego puede hacerse cuando mencionamos la palabra; es fácil recordar el caso de quiebras de empresas conocidas o de estafas vinculadas a concursos de acreedores de amplio eco mediático, pero la insolvencia no es eso; no lo es. Y aquí juega un papel crucial lo que podríamos denominar como la «cultura jurídica de la insolvencia»; sí, una consideración colectiva mayoritaria en la cual, por razón de desconocimiento o ausencia de recursos, se adopta una visión precondicionada y negativa de la insolvencia; en esta «cultura jurídica» las reglas del concurso de acreedores son indiferentes y finalidad del mismo se torna nula por la sola, torpe y equivocada premisa conceptual que relaciona «insolvencia» con «fracaso».

Esta «cultura jurídica» ciega y sorda, que destruye la función social y económica del concurso, no es gratuita…Después de una conceptualización errónea de algo no puede esperarse sino comportamientos sociales igualmente erróneos —o si se prefiere, erráticos—. Eso ocurre con nuestra economía y tejido empresarial… ¿Cuántas quiebras hubiese evitado una correcta representación colectiva de la insolvencia y el concurso? Muchas…Como sociedad, nosotros dictamos las reglas, pero tan importante son las normas que determinan qué es algo como que dicha definición sea aceptada: el lenguaje, al fin y al cabo, es comunión social. La insolvencia sólo es un peón más sobre el tablero de ajedrez. Si el jaque sirve para salvar la partida o para matar al rey es una decisión que habremos de tomar. El poder de una palabra, sí, depende de nosotros. 

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