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27/08/2021 08:22:51 JOSE MANUEL GONZALEZ PELLICER SEGURO MARÍTIMO 5 minutos

Orcas y seguro marítimo

Control territorial. Hombres y animales luchan por él. Uno de sus últimos frentes de batalla son las aguas gallegas y andaluzas. En un bando, los yates. En otro bando, las orcas. ¿Qué dice el seguro marítimo al respecto?

Jose Manuel Gonzalez Pellicer

KENNEDYS LAW

En la película Soy Leyenda, Will Smith recorre las solitarias calles de una Nueva York reconquistada por la flora y fauna salvajes. No es ficción. Tras reventar la tapa del infausto reactor número 4, Chernóbil se convirtió en la mayor “zona de exclusión radioactiva” del planeta, con 4000 kilómetros cuadrados donde, exentos de interferencia humana, campan ahora, entre exuberantes bosques, centenares de linces boreales, bisontes, osos pardos y lobos ([1]). La naturaleza reclama de nuevo para sí los dominios antaño robados por el ser humano.

Lobos y osos campan igualmente, a su libre albedrío, por las sierras del norte de España creando no pocos problemas para vecinos y ganaderos ([2]). Lejos quedan ya los tiempos en que los lobos eran rematados en “callejos” o “chorcos” ([3]), cuando cazadores como Francisco Garrido Flórez, natural de Somiedo (Asturias), se ganaba, cuchillo en mano, el apelativo de “primer matador de osos de toda Europa” ([4]).

Ahora son especies protegidas pero no por ello dejan de ser peligrosas. Como sucede con las orcas. Estos otrora entrañables cetáceos, protagonistas de películas infantiles, están recuperando el terreno que les disputa el hombre con sus redes, almadrabas y afiladas hélices, mostrando (para sorpresa de biólogos marinos) un comportamiento agresivo con numerosas embarcaciones de recreo (particularmente en aguas gallegas y andaluzas).

La estadística indica que, lejos de ser casuales, los episodios de embestidas a yates son sistemáticos, e incluso puntualmente orquestados hasta por 9 individuos a la vez ([5]), sin que los expertos hayan podido determinar la causa última de tal comportamiento, más allá de conjeturar motivos vengativos frente al estrés ambiental provocado por la actividad humana (al parecer las orcas habrían redescubierto el silencio y recuperado el terreno tras el parón-COVID, similar al parón de Chernóbil, y se revuelven con violencia al perderlo nuevamente).

Ya sea por venganza, estrés ambiental, instinto o ruido submarino (el mismo que, al parecer, origina la leyenda de Moby Dick, enrabietada por unos martillazos en el casco de un buque ballenero ([6])), el caso es que las orcas (como los osos o los lobos) atacan (o se defienden, según se mire).

Y sus ataques no solo causan daños a las embarcaciones (timones, cascos, motores, etc.) sino que provocan asistencias marítimas por parte de SASEMAR ([7]). ¿Cubren los seguros de yates esos daños y costes?

Con carácter general los gastos de asistencia estarían cubiertos, si bien los daños propios de la embarcación no siempre lo estarían, al existir una exclusión de daños causados por vida o criaturas marinas (lo que, según una interpretación literal, incluye a las orcas, y no sólo al mejillón-cebra, por citar algún otro organismo vivo dañino para las obras vivas de los barcos).

Si bien tales pólizas suelen cubrir colisiones con objetos submarinos, mal se puede considerar a una orca como “objeto” a tales efectos. Pero colisionar con una orca (o ser golpeado por ellas, para ser más exactos) resulta claramente un hecho de fuerza mayor accidental consustancial a la navegación marítima que, a priori, debería estar razonablemente cubierto bajo las pólizas usuales

Y no sería fuerza mayor por ser un hecho imprevisible, sino por ser un hecho inevitable o más bien (según el brocardo Maior casus est, cui humana infirmitas resistere non potest) irresistible (al igual que, para los pobres calderones tinerfeños, resulta irresistible que las hélices de los buques turísticos laceren sus lomos con cicatrices o mutilen sus dorsales [8]).

Y es que los seguros acaso podrán cubrir los daños al casco, pero los daños a la fauna marina son irrecuperables. Todo ello pone de manifiesto, una vez más, la difícil coexistencia entre depredadores territoriales, ya sean osos, lobos, orcas u hombres.

Amén de fomentar la práctica de la náutica deportiva (según apunta el  Anteproyecto de ley de reforma del Texto Refundido de la Ley de Puertos del Estado y de la Marina Mercante y de la Ley de Navegación Marítima [9]), nuestros legisladores harán bien en tratar de compatibilizar la misma con la preservación de las reservas de fauna marina salvaje. Un nudo no siempre fácil de desenredar.

Y si no, llevado al ámbito montaraz, que se lo pregunten a la septuagenaria vecina de Cangas del Narcea (Asturias) que, el pasado mes de mayo, acabó en el hospital por cruzarse, paseando, con un oso nada amoroso ([10]).

Aunque se subraya la excepcionalidad de los ataques de osos, lobos u orcas, no tienen nada de excepcional cuando la especie reconquista, medra y repuebla el terreno que le disputaron los hombres. Quizás, simplemente, las cosas regresan a su normalidad primigenia. Aquella normalidad en la que el hombre, temeroso de las fieras, se refugiaba en cuevas y pintaba bisontes. Que esa normalidad guste, es harina de otro costal. Personalmente, prefiero salir a pasear sin cuchillo de caza al cinto y vivir en un yate, a ser posible de diseño italiano.

 

[3] BOZA, Moisés, El Trampeo y demás artes de caza tradicionales en la península ibérica. Ed. Hispano-Europea.

[4] PEDRO PIDAL y BERNALDO DE QUIRÓS, La Caza del Oso en Asturias, KRK Ed.

[6] NATHANIEL PHILBRICK, En El Corazón del Mar. Biblioteca Formentor.

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