La mesa redonda La edad del saber: profesionales mayores que inspiran (cuya grabación puede verse en este enlace), organizada por la Comisión Jubilare del Colegio de Registradores y celebrada en el Ateneo Mercantil de Valencia el pasado 18 de noviembre, se convirtió en un retrato coral de cómo la vejez puede ser sinónimo de actividad, lucidez y compromiso cívico. Participaron en la misma el decano del Colegio de Registradores de la Comunidad Valencia, Alejandro Bañón; Silvia Barona Vilar, catedrática de Derecho Procesal de la Universitat de València, que actuó como moderadora; José Viña Ribes, catedrático de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universitat de València; Isabel Sanchís, diseñadora de alta costura; Aurelio Martínez Estévez, catedrático de Economía Aplicada de la Universitat de València; y Asunción Pérez Calot, defensora de las personas mayores en Valencia.
Un foro para combatir prejuicios
El decano del Colegio de Registradores de la Comunidad Valenciana, Alejandro Bañón, abrió la sesión explicando que Jubilare nació para reflexionar sobre el envejecimiento activo y el talento sénior, huyendo de las connotaciones negativas asociadas a la edad. Recordó que la Comisión, creada en 2022, ha celebrado ya más de una veintena de encuentros en toda España con el objetivo de ayudar a que las personas mayores no queden atrapadas en la brecha digital ni en la discriminación por razón de edad.
En su intervención reivindicó que el envejecimiento es un tema «demasiado serio» como para dejarlo solo en manos de juristas, y subrayó la mezcla interdisciplinar de Jubilare, donde conviven médicos, economistas, demógrafos o empresarios. A su juicio, si los registradores se comprometen activamente con políticas de envejecimiento saludable y acompañan a los ciudadanos mayores en el uso de la tecnología, estarán cumpliendo con la vocación de servicio que define a la institución.
Radiografía del país envejecido
La conducción de la mesa corrió a cargo de Silvia Barona, catedrática de Derecho Procesal de la Universitat de València, que arrancó ofreciendo una panorámica demográfica tan fría como elocuente. España cuenta hoy con unos diez millones de personas mayores de 65 años, cerca del 21% de la población, y se sitúa como el quinto país más envejecido de Europa, solo por detrás de Italia, Portugal, Bulgaria y Grecia.
Barona enlazó esas cifras con sus consecuencias económicas, sociales y sanitarias: presión sobre el sistema de pensiones, aumento de la demanda de servicios de salud, proliferación de enfermedades crónicas y aparición de nuevos conceptos jurídicos y políticos como la dependencia, la soledad no deseada o la pobreza energética de las personas mayores. Frente a esa realidad, defendió la necesidad de respuestas creativas —jubilaciones graduales, fórmulas de convivencia, redes de cuidados— y, sobre todo, un cambio de mirada que deje de «colocar» a los mayores como muebles y los integre como fuente de experiencia y serenidad.
Trayectorias que no se jubilan
Antes de abrir el debate, Barona esbozó el perfil de los cuatro invitados, procedentes de la economía, la medicina social, la moda y la investigación biomédica. En todos ellos subrayó un rasgo común: una intensa trayectoria profesional que no ha quedado clausurada por la jubilación administrativa, sino transformada en una nueva etapa de aportación a la sociedad.
Relevo sin retirada
La diseñadora de alta costura Isabel Sanchís relató cómo ha ido cediendo el timón de su firma a la siguiente generación sin renunciar al gozo del proceso creativo. Socia fundadora y alma de la marca, explicó que vive «inmersa en un relevo generacional», acompañando a los jóvenes que van a continuar el proyecto y que han heredado de ella la pasión por el oficio.
Sanchís insistió en que el traspaso de conocimiento entre generaciones es imprescindible en un sector como la moda, sometido a una renovación constante, pero donde la experiencia ayuda a evitar errores repetidos y a mantener la identidad de la casa. En su taller conviven equipos muy jóvenes con su mirada experta, en un diálogo que ella misma fomenta: «si tenéis una idea mejor, la escucho», contó, convencida de que el amor por la profesión es el mejor filtro para detectar el talento emergente.
La edad productiva y sus límites
El economista Aurelio Martínez, catedrático emérito de la Universitat de València y expresidente de la Autoridad Portuaria de Valencia, confesó que su jubilación formal apenas ha reducido su actividad intelectual. Sigue escribiendo artículos, elaborando informes, dando conferencias y participando en debates, aunque agradece haberse liberado de «infinitas reuniones, viajes representativos y actos institucionales» que antes marcaban su agenda.
Con ironía, Martínez se apoyó en Platón para proponer una especie de manual de envejecimiento exitoso: alimentación razonable, ejercicio moderado, poca medicina y una conducta tranquila. Aun así, introdujo un matiz incómodo en el entusiasmo general: la llamada «edad del saber» tiene fronteras biológicas, y a partir de los 7075 años el deterioro de la memoria dificulta que la acumulación de conocimientos siga creciendo al mismo ritmo. Diferenció así una franja especialmente valiosa, entre los 55 y los 70 años, en la que la experiencia acumulada convierte a los profesionales sénior en un activo que las empresas no pueden permitirse despreciar.
La mirada de quienes no tienen altavoz
Si Sanchís y Martínez representan trayectorias de alta cualificación, la médica Asunción Pérez Calot puso el foco en una mayoría silenciosa de mayores que no ha tenido oportunidades formativas similares. Doctora en Medicina, funcionaria municipal durante décadas y primera defensora de las personas mayores del Ayuntamiento de Valencia, explicó cómo la pandemia de la COVID19 alteró sus planes de retiro cultural y la devolvió a la primera línea social.
Aceptó el cargo de Defensora del Mayor en 2021, cuando la ciudad empezaba a reabrir los 51 centros municipales de actividades para mayores que reúnen a unos 40.000 socios en Valencia y sus pedanías. Durante cuatro años, hasta completar el mandato que concluye ahora, ha acompañado a ese tejido de agrupaciones en la reconstrucción de vínculos tras el confinamiento, organizando talleres de memoria, alimentación saludable, sueño o soledad no deseada, y detectando un fenómeno que atraviesa todo el colectivo: el edadismo cotidiano.
Pérez Calot describió preocupaciones muy concretas: pensiones contributivas bajas, autonomía personal amenazada, cuidados a nietos asumidos casi como obligación y un miedo larvado a dejar de ser útiles. Recordó, además, que muchas mujeres mayores han cuidado de todos sin haber cotizado lo suficiente, lo que las deja ahora en situación de vulnerabilidad económica y emocional.
Ciencia de la longevidad
El fisiólogo José Viña, catedrático de la Universitat de València y referente internacional en investigación sobre envejecimiento, llevó la conversación al terreno de los datos biomédicos. Director del grupo de investigación Freshage y autor del libro «La ciencia de la longevidad», describió la transición desde la fragilidad a la dependencia como un proceso medible y, en buena parte, evitable si se actúa a tiempo.
Viña explicó que bastan pruebas muy sencillas —velocidad al caminar, capacidad para levantarse de una silla varias veces, fuerza de agarre de la mano— para detectar la fragilidad en personas mayores. Cuando esos indicadores empiezan a fallar, existe una ventana de oportunidad en la que intervenciones sobre nutrición, ejercicio físico, calidad del sueño y control del estrés pueden frenar el deterioro funcional. El científico subrayó, por ejemplo, la frecuencia de déficit de vitamina D en mayores de 70 años y la necesidad de abordar las dificultades de masticación o apetito que impiden una ingesta proteica adecuada.
Edadismo y agenda pública
A partir de esas intervenciones, la moderadora introdujo el tema del edadismo, esa forma de discriminación que atribuye menor valor a las personas solo por su fecha de nacimiento.
Martínez Estévez reconoció no haberlo sufrido en carne propia, quizá por haber ocupado siempre puestos de liderazgo, pero admitió que la jubilación forzosa y la cultura del descarte golpean a muchos profesionales cualificados cuando aún se encuentran en plena capacidad.
Pérez Calot ofreció el reverso: el edadismo que ella detecta en ventanillas administrativas, consultas sanitarias o incluso en familias que aparcan a sus mayores en la soledad. Denunció que, mientras proliferan cursos de informática o actividades «modernas» para mayores, nadie parece dispuesto a financiar de forma estable talleres básicos sobre nutrición asequible o prevención de la fragilidad para quienes viven con pensiones exiguas.
Viña y Pérez coincidieron en una crítica a la falta de traslación práctica del conocimiento científico a la atención primaria: las herramientas para medir y tratar la fragilidad existen, pero no se aplican de forma sistemática en los centros de salud. A su juicio, la sociedad delega en el individuo mayor la responsabilidad de «cuidarse» sin preguntarse qué esfuerzo están dispuestos a hacer los poderes públicos para que sea posible.
Jóvenes, memoria y raíces
Otro de los ejes del debate fue la relación con las generaciones jóvenes, a menudo acusadas desde algunos discursos de vivir instaladas en el «tengo derecho a…».
Pérez Calot relató una sesión reciente en la Facultad de Filosofía de València, donde sorprendió la escasa reacción de los estudiantes al escuchar las preocupaciones de los mayores frente al asentimiento silencioso de estos últimos.
Martínez Estévez defendió, sin embargo, que la juventud es, en esencia, generosa y solidaria, y que el problema no está tanto en los chicos como en una sociedad que ha naturalizado el egoísmo. Recordó que la generación de los hoy mayores financió con sacrificios la formación de sus hijos y el salto en renta per cápita que España ha experimentado en las últimas décadas, y advirtió de que, si los jóvenes no asumen su propia responsabilidad, podrían ser la primera cohorte con un nivel de vida inferior al de sus padres.
Alejandro Bañón aportó una problemática aparentemente menor, pero reveladora: sus fines de semana con un grupo ciclista veterano en el Campo de Calatrava, donde experimenta en primera persona lo que significa sentirse «el lento» entre mayores acostumbrados a la dureza del campo. Esa experiencia de raíces —el pueblo, la cuadrilla, la pertenencia— aparece como uno de los factores que dan estabilidad emocional a la vejez y que no siempre se transmiten a las generaciones urbanas más jóvenes.
Intercambio entre experiencia y modernidad
La mesa coincidió en que la clave no está en contraponer juventud y vejez, sino en articular un intercambio real entre experiencia y destrezas tecnológicas.
Martínez Estévez puso como ejemplo su propia colaboración con jóvenes investigadores y economistas que dominan las nuevas herramientas digitales y los lenguajes especializados, mientras él aporta visión global y criterio acumulado a lo largo de décadas.
José Viña alertó, sin embargo, de un riesgo: la hiperespecialización y la fragmentación del conocimiento, que generan «barreras de comunicación» entre disciplinas y entre generaciones. Recordó que en la antigüedad los grandes sabios eran polivalentes, mientras que hoy muchos científicos saben muchísimo de un microcampo —como los exoplanetas— pero pierden perspectiva sobre el conjunto. En ese contexto, los mayores con bagaje interdisciplinar pueden jugar un papel de puente, siempre que se les permita seguir presentes en universidades, empresas e instituciones.
Longevidad saludable: del diagnóstico a la vida cotidiana
En el tramo final, se consensuó lo que la ciencia sabe ya sobre cómo «vivir para envejecer mejor». El fisiólogo insistió en cuatro pilares: nutrición suficiente en proteínas y micronutrientes, ejercicio regular adaptado a cada persona, control del estrés —incluida la gestión emocional de la soledad o la inseguridad económica— y sueño reparador. Añadió un quinto elemento intangible, pero decisivo: la ilusión por proyectos, por pequeños que sean, que empujan a levantarse cada mañana.
José Viña recordó, además, que los estudios muestran un alto porcentaje de malnutrición proteica en mayores europeos, algo que se agrava cuando existen problemas dentales, pérdida del gusto o escasos recursos para comprar alimentos de calidad. En esos casos, defendió, no basta con recomendar «comer mejor»: hacen falta programas específicos de suplementación, educación alimentaria y apoyo económico que eviten que la dependencia física llegue antes de tiempo.
Una agenda para Jubilare
La crónica de la jornada se cerró con la sensación de que, más que respuestas cerradas, la mesa redonda de Jubilare puso sobre la mesa una agenda de tareas pendientes.
Desde el Colegio de Registradores, Alejandro Bañón se comprometió a seguir utilizando la Comisión como altavoz de iniciativas que combatan la brecha digital, refuercen el protagonismo de los mayores y den visibilidad al talento sénior en todas las profesiones.
Silvia Barona, por su parte, resumió el espíritu del encuentro en una idea: la «edad del saber» no es un título honorífico para glorias del pasado, sino una responsabilidad presente de compartir conocimiento, experiencia y tiempo con una sociedad que envejece a gran velocidad. Y, a la vista de las trayectorias de Aurelio Martínez, Asunción Pérez Calot, Isabel Sanchís y José Viña, esa responsabilidad sigue encontrando en Valencia profesionales mayores que, lejos de retirarse, continúan inspirando.








